“Policías y sicarios planeaban matarme”

IPYS

 
 


Por Gonzalo Guillén

 

Una semana después de haber regresado de Quito a Bogotá, mi colega Gerardo Reyes recibió en su oficina de El Nuevo Herald, en Miami, un correo electrónico anónimo de alguien que advertía de un plan en marcha para asesinarme, articulado entre la Policía Metropolitana de Bogotá y escuadrones de la muerte.

 

El remitente decía que habían ido a buscarme en un sector de la ciudad que coincidía con el de mi casa pero que en ese primer intento no me habían encontrado. Además, le pedía a Gerardo que me pusieran sobre aviso, lo cual hizo enseguida. En realidad, quien me había salvado de la muerte era mi amada sobrina Margarita Orellana Guillén que por esos días me invitó a su boda con el joven documentalista Carlos Andrés Vera. En el Jardín Botánico de Quito, que alberga la más completa muestra de flora ecuatoriana, los casó un chamán del Putumayo en una noche luminosa mientras policías y sicarios asociados me buscaban sin éxito en Bogotá.

 

La amenaza me obligó a cambiar de hábitos y a poner a salvo a mi hijo y a mi madre, que vivían conmigo. Mi amiga Olga Helena Fernández, corresponsal en Colombia de Univisión, consiguió una vieja camioneta Toyota blindada de nivel tres, capacitada para resistir disparos de ametralladoras, revólveres y, en algunos casos, fusiles. Además, con la ayuda de otros amigos y de El Nuevo Herald, recibí ofertas para refugiarme en otras partes de la ciudad y fuera de Colombia, así como una chaqueta de cuero antibalas fabricada por el empresario bogotano Miguel Caballero, conocido en el mundo de la moda como el Armani de la ropa blindada. "Con esa cosa te ves demasiado encorvado. Enderézate y cierra la cremallera", solía decirme Susana.

 

Obtuve también la invaluable solidaridad de la Fundación para la Libertad de Presa, FLIP, de Bogotá; del Comité para la Protección de Periodistas, de  Nueva York; de Periodistas sin Fronteras, de París, y de Human Rights Watch pero principalmente de José Miguel Vivanco con quien, ‘gracias’ a aquellos sicarios, he construido una honrosa amistad, fundamentalmente telefónica, que debe ser la dicha de los agentes de la policía la secreta comisionados para espiar de manera permanente e ilícita mis comunicaciones, según me lo han dicho fuentes de la Fiscalía General, entre otras.

 

Con la ayuda de todos ellos, así como de la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, me sentí seguro y decidí que no debía irme de Colombia. Me quedé.

 

En agosto, sin embargo, la vieja y olvidada modelo de medias nylon y ex amante del narcotraficante Pablo Escobar, Virginia Vallejo, publicó un libro en el que contaba episodios en los que había coincidido con su amante genocida y con Álvaro Uribe Vélez, hoy presidente de Colombia. Tanto Uribe como su padre, principalmente este último, fueron amigos y colaboradores de Escobar, cuyo cartel de la cocaína pudo florecer en los años 80 con las licencias aeronáuticas para aviones y pistas de aterrizaje que le concedió el hoy presidente siendo director de la Aviación Civil, fuente de información que para la época yo debía cubrir como reportero que era de El Tiempo.

 

Uribe no pudo desvirtuar el libro de Vallejo sino que una mañana de agosto se hizo entrevistar en las principales emisoras de radio de Colombia (Caracol y RCN) para emprender una campaña de agresiones, calumnias e infamias contra mí, acusándome de haber escrito el libro de la ex modelo, que nunca he leído. Uribe dijo que yo era: “una persona persistente en tratar de maltratarme y cuando no puede en el país, se va a hacerlo en el extranjero”.

 

Los ataques de Uribe, de los que no podía defenderme, desataron decenas de llamadas al teléfono de mi casa y a mi celular hechas personas que me amenazaron de muerte de todas las maneras posibles.

 

CPJ, por ejemplo, reportó: “El Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés) está preocupado por comentarios efectuados el martes por el Presidente Álvaro Uribe Vélez que podrían poner en peligro al periodista colombiano Gonzalo Guillén”.

 

“Uribe llamó a las estaciones nacionales de radio Caracol y RCN para negar imputaciones recientes que lo vinculaban con el difunto narcotraficante Pablo Escobar. Las acusaciones fueron realizadas por la amante de Escobar, Virginia Vallejo, en su nuevo libro ‘Amando a Pablo, odiando a Escobar’. Uribe declaró que Guillén, corresponsal del diario El Nuevo Herald, de Miami, había colaborado con Vallejo en la redacción del libro publicado en septiembre”.

 

 “Nos preocupa que los comentarios del presidente puedan poner en peligro a nuestro colega Gonzalo Guillén”, declaró el Director Ejecutivo del CPJ, Joel Simon. “Instamos al Presidente Uribe a abstenerse de hacer ese tipo de acusaciones”.

 

Humberto Castelló, director de El Nuevo Herald, declaró que los comentarios de Uribe eran irresponsables. Una declaración publicada en el diario aseveró: “Lamento la ligereza, la injusticia y la irresponsabilidad que ha cometido con ese comentario la persona de más alta investidura en un país en donde se ha visto que los defensores armados del Presidente, al margen de la ley, no corrigen a los periodistas con cartas, sino con balas”.

 

Castelló señaló que Uribe nunca presentó ni las más mínima solicitud de corrección sobre mis artículos. Inclusive, una nota del diario hizo ver que un artículo citado por Uribe en sus delirantes oprobios radiofónicos como difamatorio no había sido escrito por mí sino por otro reportero de El Nuevo Herald (¡y no era difamatorio!).

 

La andanada de amenazas que me cayeron instigadas por Uribe y que no he dejado de recibir (ahora con menor frecuencia) me obligó a irme humillado de Colombia. Me fui a Lima, donde permanecí algo más de un mes, bajo los auspicios del Instituto Prensa y Sociedad, IPYS. Para ser menos formal, estuve bajo la honrosa protección de los periodistas Ricardo Uceda y Gustavo Gorriti, reconocidos por las investigaciones que ayudaron a la caía del gobierno de Alberto Fujimori. Desde IPYS puede seguir reportando.

 

Quienes me sacaron corriendo del país, perdieron; pues regresé a Colombia contra su voluntad. No he dejado de investigar y de publicar, principalmente hechos de corrupción y de violaciones a los derechos humanos. Las amenazas cada vez las capoteo mejor y me asustan menos. Cuento con el respaldo de todas las instituciones y personas que he mencionado. También un carro blindado a mi disposición y dos escoltas que el Estado colombiano debe procurarme para cumplir con compromisos de protección que ha hecho con la comunidad internacional, la que, además, también brinda ayuda para que sea posible.

 

En octubre pasado, un agente de la policía secreta llamado Carlos Joya vino a mi casa a amedrentarme y a constreñirme, pero esta vez el asunto fue diferente: le envié de inmediato una carta de protesta al presidente Uribe por el abuso del agente bajo su mando, denuncié el caso en la Fiscalía General de la Nación y difundí la agresión entre todas las personas y organizaciones que me han respaldado para ejercer este oficio sin necesidad de que me maten o me destierren, como quisieron hacer en mayo de 2007.