“En el exilio trabajé limpiando baños (…) ordeñando vacas”

 

Por Carlos Pulgarín

contralínea

 
 


pulgarinSalí con el miedo a cuestas. Me fui con muchos sueños frustrados y la esperanza puesta en el retorno. Pensé: pueden sacarme del país, pero no pueden sacarme a Colombia de la mente, del corazón. Y es que el día que decidí hacer periodismo nunca imaginé que esto me costaría el destierro. En medio de una guerra fratricida, con más de cinco décadas de violencia, la libertad de prensa ha pagado una alta cuota.

 

¿Por qué salí de Colombia? Es la pregunta que muchos me hacen y la que yo mismo trato de responderme en mis largas noches frente al computador. La respuesta es la misma, auque a veces me cuesta creerla. Tuve que abandonar mi país por cumplir con mi trabajo: informar la verdad. Para nadie es un secreto que la corrupción campea de la mano de la desidia y el olvido estatal. Que el campo es tierra de nadie. Que guerrilleros sin discurso y paramilitares sanguinarios se pasean, bajo el silencio cómplice de políticos y militares. Todo cubierto por la estela lúgubre del narcotráfico y el afán del dinero fácil.

 

La primera amenaza que recibí por cuenta de paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia y algunos oficiales del ejercito, me llevaron de la oficina del tiempo en Montería, en el norte del país, a un peregrinar por varias ciudades del país y, por último, fui empujado a buscar refugio en Perú.

 

Era un 7 de diciembre de 1999 cuando escuché hablar por primera vez del Instituto Prensa y Sociedad (IPYS). Recuerdo que estaba en la sala de redacción del periódico El Tiempo, en Bogotá, haciendo arreglos para salir de Colombia. Ya había recibido varias llamadas del Comité para la Protección de Periodistas y Reporteros sin Fronteras, cuando me dijeron: “Esta noche lo van a recibir en Lima los amigos de IPYS”. Durante muchos meses fueron verdaderos amigos, me acogieron como parte de la familia.

 

Mi primera estadía en Lima en diciembre de ese año fue una oportunidad preciosa para conocer más de cerca la solidaridad, el compromiso, la valentía de esta organización defensora de la libertad de prensa y la libertad de expresión. Tal vez fue el tiempo compartido con la familia IPYS el que me armó de valor para seguir adelante en esta empresa de informar con honestidad y compromiso.

 

En los primeros meses del 2000 viajé a España como asilado político. Fueron meses de soledad en los que seguí escribiendo con pasión. Ese tiempo amplió mi visión del conflicto colombiano, especialmente la perspectiva de cómo se mira desde afuera. Pero la lejanía con mi familia que estaba en Colombia, la nostalgia del olor de la guayaba y el deseo ferviente de seguir ejerciendo el periodismo desde adentro, me hicieron regresar al país.

 

Estando en Colombia volví a trabajar con el tiempo en la edición nocturna. Paralelamente fungí como corresponsal de IPYS en el país. Fue una experiencia en la que pude corresponder en parte al apoyo recibido por varias organizaciones para la libertad de prensa. Ayudar a investigar los casos de asesinatos y todo tipo de ataques al periodismo, es un trabajo que trae satisfacción. Pero la paz duró poco. Luego de recibir amenazas de muerte tuve que dejar mi trabajo en el periódico.

 

Después de una corta salida del país, y de haber regresado para trabajar como profesor de periodismo de la Universidad La Sabana, abandoné Colombia por tercera vez en el 2002. Algo me decía que esta vez iba a tardar en volver. Luego de los contactos con la Fundación para la Libertad de Prensa, IPYS, nuevamente, nos recibió en Lima, esta vez junto con mi esposa y mis hijos.

 

Después de nueve meses en Lima, salimos de manera definitiva a Vancouver, BC, en Canadá. Las cosas no fueron fáciles, trabajé limpiando baños, haciendo aseo, pintando edificios, entregando paquetes a domicilio, ordeñando vacas y manejando tractores. Fui también director del periódico en español La Palabra y colaborador de Fairchild Radio. En medio de tantos sobresaltos, siempre llegaron los mensajes alentadores del equipo de IPYS, por quien sentimos un entrañable afecto.

 

En Canadá, mi vida dio un giro drástico, aferrado a la fe y la confianza en Dios decidí servir desde otro flanco, pero bajo la misma perspectiva espiritual del bienestar común. Después de estudiar Biblia y Teología fui ordenado como ministro cristiano. Trabajé como pastor asistente en Vancouver, y hoy me desempeño como pastor general de la Primera Iglesia Bautista de McAllen, TX. En Estados Unidos también colaboro con Radio Esperanza, emisora en español que transmite su programación a través de tres frecuencias para el sur de Texas y el norte de México. Después de siete años sin ir a Colombia, puedo afirmar que el exilio no es fácil, pero con Dios, la familia y la solidaridad de amigos puede seguir adelante.