contralínea
Salí con el miedo a cuestas. Me fui con muchos sueños frustrados y la
esperanza puesta en el retorno. Pensé: pueden sacarme del país, pero no pueden
sacarme a Colombia de la mente, del corazón. Y es que el día que decidí hacer
periodismo nunca imaginé que esto me costaría el destierro. En medio de una
guerra fratricida, con más de cinco décadas de violencia, la libertad de prensa
ha pagado una alta cuota.
¿Por qué salí de Colombia? Es la pregunta que
muchos me hacen y la que yo mismo trato de responderme en mis largas noches
frente al computador. La respuesta es la misma, auque a veces me cuesta
creerla. Tuve que abandonar mi país por cumplir con mi trabajo: informar la
verdad. Para nadie es un secreto que la corrupción campea de la mano de la
desidia y el olvido estatal. Que el campo es tierra de nadie. Que guerrilleros
sin discurso y paramilitares sanguinarios se pasean, bajo el silencio cómplice
de políticos y militares. Todo cubierto por la estela lúgubre del narcotráfico
y el afán del dinero fácil.
La primera amenaza que recibí por cuenta de
paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia y algunos oficiales del
ejercito, me llevaron de la oficina del tiempo en Montería, en el norte del
país, a un peregrinar por varias ciudades del país y, por último, fui empujado
a buscar refugio en Perú.
Era un 7 de diciembre de 1999 cuando escuché
hablar por primera vez del Instituto Prensa y Sociedad (IPYS). Recuerdo que
estaba en la sala de redacción del periódico El Tiempo, en Bogotá, haciendo arreglos para salir de Colombia. Ya
había recibido varias llamadas del Comité para la Protección de Periodistas y
Reporteros sin Fronteras, cuando me dijeron: “Esta noche lo van a recibir en
Lima los amigos de IPYS”. Durante muchos meses fueron verdaderos amigos, me
acogieron como parte de la familia.
Mi primera estadía en Lima en diciembre de ese año
fue una oportunidad preciosa para conocer más de cerca la solidaridad, el
compromiso, la valentía de esta organización defensora de la libertad de prensa
y la libertad de expresión. Tal vez fue el tiempo compartido con la familia
IPYS el que me armó de valor para seguir adelante en esta empresa de informar
con honestidad y compromiso.
En los primeros meses del 2000 viajé a España
como asilado político. Fueron meses de soledad en los que seguí escribiendo con
pasión. Ese tiempo amplió mi visión del conflicto colombiano, especialmente la
perspectiva de cómo se mira desde afuera. Pero la lejanía con mi familia que
estaba en Colombia, la nostalgia del olor de la guayaba y el deseo ferviente de
seguir ejerciendo el periodismo desde adentro, me hicieron regresar al país.
Estando en Colombia volví a trabajar con el
tiempo en la edición nocturna. Paralelamente fungí como corresponsal de IPYS en
el país. Fue una experiencia en la que pude corresponder en parte al apoyo
recibido por varias organizaciones para la libertad de prensa. Ayudar a
investigar los casos de asesinatos y todo tipo de ataques al periodismo, es un
trabajo que trae satisfacción. Pero la paz duró poco. Luego de recibir amenazas
de muerte tuve que dejar mi trabajo en el periódico.
Después de una corta salida del país, y de haber
regresado para trabajar como profesor de periodismo de la Universidad La
Sabana, abandoné Colombia por tercera vez en el 2002. Algo me decía que esta
vez iba a tardar en volver. Luego de los contactos con la Fundación para la
Libertad de Prensa, IPYS, nuevamente, nos recibió en Lima, esta vez junto con
mi esposa y mis hijos.
Después de nueve meses en Lima, salimos de
manera definitiva a Vancouver, BC, en Canadá. Las cosas no fueron fáciles,
trabajé limpiando baños, haciendo aseo, pintando edificios, entregando paquetes
a domicilio, ordeñando vacas y manejando tractores. Fui también director del
periódico en español La Palabra y
colaborador de Fairchild Radio. En medio de tantos sobresaltos, siempre
llegaron los mensajes alentadores del equipo de IPYS, por quien sentimos un
entrañable afecto.
En Canadá, mi vida dio un giro drástico, aferrado a
la fe y la confianza en Dios decidí servir desde otro flanco, pero bajo la
misma perspectiva espiritual del bienestar común. Después de estudiar Biblia y
Teología fui ordenado como ministro cristiano. Trabajé como pastor asistente en
Vancouver, y hoy me desempeño como pastor general de la Primera Iglesia
Bautista de McAllen, TX. En Estados Unidos también colaboro con Radio Esperanza, emisora en español que
transmite su programación a través de tres frecuencias para el sur de Texas y
el norte de México. Después de siete años sin ir a Colombia, puedo afirmar que
el exilio no es fácil, pero con Dios, la familia y la solidaridad de amigos
puede seguir adelante.